Cuando el dolor se hace pequeño: Crónica de una tarde de almas desnudas en AOCOR
A veces, el mundo se empeña en ir demasiado rápido, ignorando que hay pasos que necesitan otro ritmo, uno más pausado, más humano. El pasado 19 de febrero, en el Salón de Antonio Hermoso de FEPAMIC, el tiempo decidió detenerse. No fue una reunión de esas con orden del día y powerpoints aburridos. Fue algo mucho más serio y, a la vez, mucho más ligero: fue un abrazo colectivo.
Allí estábamos, entre sillas que parecían más cómodas de lo habitual y un ambiente que olía a café y a esa confianza que solo se tiene con la familia. Porque en AOCOR, lo de «asociación» es solo la etiqueta del buzón; lo que hay dentro es una familia de las de verdad, de las que se eligen en los momentos difíciles.
La voz de uno es el eco de todos
El acto arrancó con la voz de Antonio Bracero Montoro, nuestro presidente, que se encargó de poner palabras a lo que muchos guardamos bajo llave. Leyó la carta de un socio y, de repente, el silencio se volvió tan denso que se podía tocar. No era un silencio incómodo, sino uno de esos que dicen: «te entiendo, yo también he pasado por ahí».
A medida que avanzaba la lectura, las lágrimas —esos pequeños termómetros del alma— empezaron a asomar de forma discreta. Se hablaba de luchas diarias, de la fatiga del cuidador y de esos días en los que la esperanza parece que se ha ido de vacaciones sin avisar. Pero lo más mágico fue ver cómo, al compartir esa carga, el peso se repartía entre todos y, milagrosamente, pesaba menos.
Entre sorbos de café y trozos de vida
Dicen que las penas con pan son menos, pero si además hay pasteles y una buena charla, la cosa mejora exponencialmente. Durante la pausa para el café, el salón se llenó de un murmullo alegre. Fue el momento de las risas, de las anécdotas y de darnos cuenta de que, aunque el camino sea empinado, las vistas son mejores si vas acompañado.
Incluso tuvimos el placer de dar la bienvenida a un nuevo socio. Y es que, aunque suene contradictorio, que la familia crezca siempre es una victoria, un símbolo de que este proyecto sigue más vivo y necesario que nunca.
Un legado que pronto será papel
Lo más bonito de la jornada no se quedó solo en el recuerdo. Surgió una idea de esas que te ponen los pelos de punta: queremos recoger todas estas vivencias, todos estos testimonios de coraje y humanidad, en un libro. Queremos que nuestras historias no se las lleve el viento, sino que se conviertan en un legado para quienes vengan después, un manual de instrucciones sobre cómo encontrar luz en medio de la niebla.
Nos fuimos de allí con el corazón removido, sí, pero con las pilas cargadas. Porque aquel 19 de febrero aprendimos que la valentía no es no tener miedo, sino atreverse a compartirlo.
¿Te gustaría formar parte de nuestra próxima convivencia o compartir tu historia para nuestro futuro libro? ¡Escríbenos o ven a visitarnos! En AOCOR siempre hay un sitio libre para ti.

